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jueves, 30 de marzo de 2023

BALLESTEROS TRANSATLÁNTICO

 BALLESTEROS TRANSATLÁNTICO 

Por Iván Wielikosielec









“Al fondo de mi pueblo está el mar”, me digo una vez más al ver esa vieja foto. 

Fue tomada en la esquina del Salón Parroquial cuando era la antigua iglesia. Esa imagen debe tener, por lo menos, cien años. Y testimonia una celebración en la avenida; acaso una fiesta de los inmigrantes ya que veo, o creo ver, una bandera española y otra italiana al costado de la nuestra. Y no sé si los nenes y nenas están “disfrazados” con la vestimenta de esos países, o si era la ropa con la que muchos acababan de llegar de Europa a un pueblo del nuevo mundo. 


Casi no hay autoridades en el acto o están detrás, con sus sombreros, bigotes y medallas. Pero tuvieron la delicadeza de poner por delante a los chicos.

 

"Al fondo de mi pueblo, está el mar”, me vuelvo a decir. Porque los galpones del ferrocarril trazan un suave horizonte gris al final de la avenida; y porque un poste de la luz entre los árboles pone un mástil en cruz contra la nave de la iglesia; como si todo ese contingente acabara de bajar de un transatlántico.


Lo cierto es que al ver aquella foto, he vuelto a viajar con la imaginación hasta un Ballesteros marítimo. 


Cuando era chico, me pasaba las tardes en el Pozanjón con las piernas colgando sobre el agua. Era el único puente en un pueblo sin río; sólo construido para el paso del tren. Pero a fuerza de mover las piernas y mirar el agua, me imaginaba que iba en barco en medio del océano. Y acaso todo el pueblo se lo imaginó también. Porque dijeron que el Pozanjón era un “ojo de mar”; es decir, una sucursal del Atlántico. 


Y es por eso que ya no me parece descabellado pensar que un día , todos esos chicos se bajaron en la playa del ferrocarril junto a todas  las leyendas. Que tocaron tierra firme, se sacaron una foto y cuando saludaron para volver, descubrieron que en vez de un puerto había una estación y en vez de un trasatlántico, había un tren. 


Entonces se desvanecieron como un sueño en otro sueño o agua en el agua hasta volverse imagen borrosa; instantánea fugaz en una playa del olvido.

lunes, 20 de marzo de 2023

MESSI JUEGA PARA TALLERES8

 MESSI JUEGA PARA TALLERES DE BALLESTEROS

Por Iván Wielikosielec




El escudo de Talleres de Ballesteros fue, al decir de uno de sus fundadores, don Narciso Davicco, “celeste y blanco como la bandera, pero a bandas verticales”. Y su primera camiseta tuvo también ese diseño. Basta ver la foto del equipo campeón del ´57 (el que obtuvo la primera estrella del club) para corroborarlo. O preguntarle, en todo caso, a don José Carlos Flores; uno de los jugadores que, 66 años después de aquella foto, aún vive para contarlo. 

Con el paso del tiempo, aquel diseño fue mutando hacia una “camisa doble banda”, como la de Newells Old Boys, pero en celeste y blanco. De hecho aún recuerdo, en nuestros tiempos de básquet a fines de los ´80, haber descubierto en un cajón de madera (estaba en el escenario del club como un sarcófago egipcio) aquel juego. Las camisas estaban dobladas y planchadas, como si aquel Talleres del ´70 fuera a salir en cualquier momento a la cancha. Pero ya no se usarían jamás y acaso aun duerman ahí, esperando el beso de Osiris, que las resucite.


Albicelestes pero también albiazules


En los ´80 y tras el boom nacional de su homónimo cordobés, Talleres de Ballesteros usó, lisa y llanamente, la camiseta del cuadro de barrio Jardín; la clásica a bastones azul y blanco. Y también una maravillosa casaca alternativa color azul marino con números en “tres dé”. Con esa "Sportlandia" ancestral, el equipo jugó hasta desteñirla contra soles y lluvias del lejano sudeste; en polvorientas canchas de Cintra y Ordóñez, Morrison y Bell Ville. 

Con la llegada de los ´90 y “el primer mundo”, hubo varios modelos donde la publicidad importaba más que el diseño, pero finalmente ocurrió el milagro: Talleres aunó las tres bandas verticales de su indumentaria primitiva con los colores de la segunda. Es el maravilloso diseño que, con mayores o menores variantes, utiliza al día de hoy.

Debo confesar (y acaso yo no sea del todo objetivo) que es la camiseta más hermosa del mundo para mí, incluida la primera, albiceleste. Y además, que a ese diseño no lo vi jamás en camiseta alguna; excepto en su réplica parisina o “plagio textil”, la nueva indumentaria del París Saint-Germain.

Cuando la vi estrenar el año pasado, pensé que algún espía francés había estado viendo casacas albiazules de todo el mundo en busca de una variante potente y original. Y que al dar con la de Talleres de Ballesteros (posiblemente vía Facebook) “robó” la idea sin cargo de conciencia; de la misma manera que un escritor famoso le roba un poema a otro, que es pobre y desconocido. Y sólo le puso ínfimas tiras rojas (separadores entre el azul y el blanco) para disimular el robo.

Luego, alejé de mí ese pensamiento paranoico. Y me dije que acaso fuera yo el que me equivocaba, que el PSG tal vez “ya tenía o había tenido” una camiseta así en el pasado más remoto. Y entonces, al trabajo de espionaje (o mejor dicho, de investigación) lo hice yo mismo. Pero entre todas las casacas de la historia del PSG, lo más parecido que me saltó fue una a “tres bandas verticales” pero con la franja del medio en rojo; la que usó el mismo Carlos Bianchi en su paso por ese club, que en esa década recién nacía. De hecho, el PSG se fundó en 1970, cuando la ancestral casaca ballesterense ya tenía 25 años de uso.


Escudo contra la tormenta


Hoy, cuando veo todas las camisetas del París Saint-Germain que se venden en el mundo (la “30” de Messi, la “7” de Mbappé, la “10” de Neymar) me digo que sería inútil un reclamo por “copyright”. y que si Ballesteros de casualidad ganara ESE juicio, de seguro no le cobraría al PSG NI un centavo. Sólo le pediría, acaso, que venga a jugar un amistoso al “Javier Arbarello”, un tiempo cada uno con la misma casaca a tres bandas verticales en azul y blanco y azul; porque lo mismo habría hecho o pedido don Miguel Davicco, el fundador del club. Y tengo razones de sobra para pensar así.

Una vez, cuando a fines de los ´40 dos aviones de guerra se quedaron sin nafta y aterrizaron forzozamente en el pueblo (la anécdota es parte del imaginario ballesterense y hay fotos por todos lados) Don Miguel los remolcó hasta la ruta con un camioncito. Y cuando los militares le preguntaron cuánto le debían por "el flete", don Miguel les respondió: “Nada, muchachos… Sólo una pasadita para nuestra gente…” Y eso fue lo que sucedió. Porque esa tarde, dos aviones a chorro con forma de zepelines sobrevolaron y “besaron” la flamante torre de la iglesia a la velocidad del rayo. Y a esa anécdota me la contó también don Narciso, muy poco tiempo antes de morir. Ese era el espíritu de su viejo, pero también del club que fundara junto a un grupo de trabajadores, entre los talleres de soldadura del pueblo. 

“Éramos gente servicial, nada más… Nunca nos interesó hacer plata… Sólo queríamos el bien para nuestra gente…” me había dicho don "Nacho" en una esquina del 2017, antes de despedirse de mí para siempre.

Lo único que yo quisiera hoy, en tanto “copyright”, es dejarle en claro a cada chico y cada hombre que se pone la camiseta del PSG en el mundo, que ese diseño no salió de las grandes marcas parisinas ni de sus diseñadores prestigiosos; ni de Pierre Cardin ni Adidas. Salió de un grupo de muchachos metalúrgicos que, una tarde de 1945, en un pueblo de la llanura, inventaban un club y un maravilloso escudo.

martes, 7 de marzo de 2023

A PEPE, POETA DE MI PUEBLO, 40 AÑOS DESPUÉS


 A PEPE, POETA DE MI PUEBLO, 40 AÑOS DESPUÉS

Por Iván Wielikosielec



No lo recuerdo pero acaso estuve ahí, me dije cuando Ceci me pasó aquella foto, hace unos años ya. Y lo vuelvo a decir hoy, cuando en viejos archivos de la PC y de la memoria, la foto ha reaparecido. 


Es una tarde antigua en la escuela del pueblo, más precisamente de 1980 según la fecha en la pared, oscurecida por la sombra de los paraísos. Debe haber sido el comienzo de clases en marzo o abril, y también el comienzo del otoño; porque tanto Pepe como los chicos aparecen abrigados. Pero también porque la sombra de los árboles muestra más ramas que follaje, como sacudidas por un viento helado. 


Pepe debe estar leyendo (imagino) un discurso de bienvenida al secundario, ya que detrás está el escudo del Manuel Belgrano y el cartel de recibimiento. 


Por esos tiempos, el primario y el secundario compartían el mismo edificio. Y es por eso que, a pesar del escudo, había chicos con delantal ese día. Y, como dije, acaso yo estuve ahí, empezando quinto grado con la señorita Máxima Ingrasia y luego con la señorita Susana Carotti, acaso la mejor maestra que tuve en mi vida. 


Si estuve o no estuve, no lo recuerdo. Pero de haber estado, no me extrañaría. Y acaso pueda reconstruir, mediante un invento de la percepción (mediante la “ficción”, dirían los profesores de literatura) la voz de Pepe en ese día. Era el poeta del pueblo (lo sería desde allí y para siempre) y estaba leyendo un discurso, como lo hizo en 1960 cuando se inauguró el Monumento de la Madre y la mujer que me trajo al mundo, con apenas 17 años, estuvo ahí (me lo dijo una tarde emocionada, mostrándome la foto que aún guardaba). Debe haberle dado la bienvenida a todo el colegio, celebrado los 20 años del secundario (la otra fecha en la pared marca 1960, el año de su fundación) y luego haberle hablado a los chicos. Y acá no me refiero a un discurso sino a “hablarles verdaderamente”, porque ese era uno de sus maravillosos dones; la honestidad brutal conque te preguntaba: “¿Cómo estás, querido?”, acariciándote la cabeza.


Las pocas veces que lo cruzaba en la calle y me lo decía, yo le daba, inesperadamente, la respuesta más sincera del mundo. Y estoy seguro que a los demás chicos les pasaba lo mismo. 


Por eso es que, aquella tarde de marzo o abril, debe haber hecho preguntas como esas, a todos y a cada uno. Y es muy probable, también, que haya leído un poema suyo  o haya citado al Martín Fierro, La Biblia o el Quijote, que eran sus libros de cabecera. 


De lo que si estoy seguro (y de esto no necesito de la “ficción” o de algún recurso que no provenga de la memoria), es que tras los aplausos, Pepe debió haberse retirado con timidez; mirando el piso o sus grandes zapatos gastados, con el pelo revuelto por el viento (el mismo viento que había pelado las ramas de los paraísos). Y también adivino que, poniéndose colorado, debe haber saludado a las maestras; agradeciéndoles efusivamente por la invitación a leer, para volver a su trabajo en la Unión Telefónica mientras su compañera de oficina, la señorita Esther Gallardo, enchufaba cables en un tablero de la segunda guerra, comunicando a Ballesteros con el mundo. De eso es, en definitiva, de lo que yo estoy seguro. De haber sentido que Pepe no era un maestro ni un profesor, ni un orador ni un telefonista. Tampoco un cura (a pesar de su trabajo en la iglesia) ni un director de orquesta (a pesar de llevar adelante el coro en la misa). No, Pepe era un poeta. Y aunque yo no tenía la menor idea de lo que eso quería decir, sabía que significaba "no ser del rebaño". Que “ser un poeta” era pertenecer a una ontología inclasificable y tal vez absurda; esa maravillosa vulnerabilidad portadora de algún “divertido estigma”, como esos chicos que nacen con pecas y que por eso mismo parecen más simpáticos. 

Pero también entendí, como pasaba con los chicos pecosos, que tras esa fachada “divertida” se podía ocultar algo terrible; la soledad y la incomunicación, los trabajos y los días de quien sólo vive para los poemas y las noches; ese otro uniforme (como su eterno guardapolvos gastado de Entel) para existir sin fricción alguna entre la gente. 


A esto que escribo lo confirmé años después al leer su “Mamarracho”, ese largo poema confesional y catártico en octosílabos martinfierristas; el mismo que estaba componiendo por esos días, muy poco antes de morir, en 1984. De eso me habló Ceci, su hija, aquel día de 2014, a 30 años de ese infarto en un pueblo de traslasierras, tan absurdo como su oficio de escribir.


Aquella tarde y cuando ya me iba, le pregunté a Ceci si su viejo era tan bueno con todo el mundo como lo era conmigo. Porque cada vez que me veía, al margen de hablarme, me acariciaba la cabeza como a un cachorro (como a un artista cachorro) muy querido, con un cariño tan inédito como inexplicable para mí. Y Ceci, sonriendo, me contestó: 


“No te lo iba a decir, pero ahora que me lo preguntás… Él siempre nos decía, al José y a mí: si lo ven al Iván, invítenlo a jugar con ustedes… Ese chico está muy solo. Sus papás se separaron y ha quedado a la deriva…”


Yo entendí en ese momento que, por el prodigio de alguna telefonía celeste, “Pepe” me estaba mandando ese mensaje a través de su hija y también a través del tiempo. 


Pasaron los días, los años, los lustros, y una década, ya, desde aquel día. Hasta que he vuelto a encontrar esa foto. La vuelvo a ver y me digo que no sé si estuve ahí, en ese acto, o si podría haber estado. Pero puedo recordar la voz de Pepe hablándome en una despensa y la voz de mi madre hablándome de Pepe y la voz de Ceci hablándome de su padre… 


De lo que no tengo dudas, tampoco, es que aquel hombre me ha enviado un segundo mensaje hoy. Y me ha dicho, como en aquel cartel del primer día de clases, “Bienvenido”. Bienvenido al mundo de los que están a la deriva y de los que no tienen uniforme, al mundo de los que miran el piso o sus zapatos gastados y no tienen cargos ni títulos ni prestigio. Bienvenido al mundo de los que tratan de escribir una página verdadera y buscan una voz interior honesta, como la que se precisa para hablarle a un niño.  


PD: Gracias, Ceci, por esa maravillosa foto de tu viejo!

miércoles, 23 de noviembre de 2022

HOTEL ITALIANO PARA EL BALLESTEROS DE 1900 ///ENTREVISTA A FRANCISCO “PANCHI” MIRGONE/

 HOTEL ITALIANO PARA EL BALLESTEROS DE 1900

///ENTREVISTA A FRANCISCO “PANCHI” MIRGONE///

Por Iván Wielikosielec










Hace un par de años y cuando aún vivía en el pueblo, mi vecino Gastón me prestó unas herramientas. Ambos estábamos abocados a la albañilería. Yo, transformando las ruinas de una tienda en un monoambiente; él, construyendo un departamento en la parte trasera de lo que alguna vez fuera “Casa Zinna”. 


Gastón me hizo pasar y, atravesando el salón de lo que fuera aquel comercio esplendoroso, llegamos a la puerta del fondo. Yo nunca supe lo que había detrás, ni siquiera en las más exóticas especulaciones de la infancia. Y cuando Gastón la abrió, aquella escenografía superó ampliamente la imaginación de un niño. Y es que entramos a un recinto del pasado; a un polvoriento salón de lo que alguna vez fuera un hotel y que, desde hacía ochenta años estaba clausurado. Sin embargo, algo permanecía intacto. La amplitud de un viejo zaguán, los tirantes del techo y también el número en el dintel de las habitaciones; esos óvalos pequeños, esmaltados de blanco donde se leía “uno”, “dos” o “seis” en negro. Exóticas fichas clavadas desde hacía más de un siglo en una pinotea oliendo a lluvia. 


¿Qué hombres y mujeres se habían alojado allí? ¿De dónde venían? ¿Qué buscaban en Ballesteros? ¿Cuántos durmieron esa sola noche en el pueblo y cuántos volvieron después? ¿Cuántos sintieron la voz del conserje que les decía “habitación seis, señor” y dándole una llave dorada como una tea, les habría una puerta en la oscuridad? 

Y lo más curioso de todo: ¿por qué tuve el recuerdo fugaz de algo “ya vivido”? 


No lo supe en el momento pero sí al salir a calle; como si un egiptólogo no pudiera pensar con claridad en el vientre de una pirámide. 


Recordé que ahí, precisamente, se había levantado el “hotel de los Mirgone”, como le decían en el pueblo. Y que alguna vez había visto una maravillosa foto de su construcción. Los Mirgone eran, además, parientes de mi madre. Y ella, en alguna lenta siesta del pueblo, me debe haber hablado de aquel salón y aquellas piezas que me parecían tan lejanas como El Cairo pero que estaban en la misma manzana de nuestra casa.


FOTOS DE OTRO SIGLO


Pasó mucho tiempo cuando le pregunté a Francisco Mirgone (primo hermano, efectivamente, de mi madre) si tenía fotos de aquel hotel y si me podía contar su historia. “Con todo gusto” me dijo por teléfono. 


Al otro día nos reuníamos en un bar y “Panchi” exhumó de una carpeta un montón de maravillas reveladas en emulsión de plata. Y entre esas fotos estaba, precisamente, aquella que viera yo varios años atrás; la de dos hombres posando con bigotes a lo Humberto Primo ante dos pilas de arena en la vereda. Estaban en la Roque Sáenz Peña cuando aún no era un bulevar y “Casa Zinna” no era un  negocio de electrodomésticos sino una enorme fachada de ladrillos. 


“Esos que ves ahí, son dos italianos… -me dice Panchi- Uno es mi abuelo, Severino Mirgone. Y el otro es su suegro, Andrea Peraldo, el padre de mi abuela Julia, es decir, mi bisabuelo." 


"Mi abuelo Severino era de la región de Alessandria y había nacido en 1874. El papá de mi abuela, en cambio, era de Torre Pellice, un pueblito muy cerca de Torino y la frontera de Francia. Como su esposa era francesa también, y mi abuelo de joven tenía barba muy larga, yo pensé que posiblemente ambos fueran valdenses. Y es que muchos de los franceses que practicaban esa religión se tuvieron que escapar a Italia, perseguidos por la Iglesia. Y la zona de Torre Pellice era parada obligatoria. Esa foto que ves, es durante la construcción del hotel, entre 1902 y 1905”.


No dejo de pensar, con cierta ironía, en un valdense construyendo una casa al lado de la iglesia. Y que en un pueblo perdido a comienzos del siglo veinte y al otro lado del océano ya nadie lo perseguía. Había libertad de culto y en el fondo, a nadie le importaba el credo o la filosofía del vecino. Nada de eso tenía valor en un país naciente en medio de la pampa desnuda.


Entonces le pregunto a “Panchi” cómo es que su abuelo llegó a Ballesteros y, por toda respuesta, me relata una historia.


HISTORIA DE UN ÉXODO


“Mi bisabuelo materno vino primero a Leones y de Leones, a trabajar en el campo de Ballesteros. Pero luego, su hija Julia se casó con mi abuelo Severino, que ya estaba acá. Mi abuelo había llegado primero a Bell Ville, donde estaba su hermano Juan, que se había puesto una fonda; es lo que luego sería el Hotel Italia, que todavía existe. Este hermano había llegado a Bell Ville en 1895, y aparentemente mi abuelo se vino poco tiempo después, apenas terminado el servicio militar”.


-¿Qué era exactamente una fonda en aquel entonces?

-Era un lugar donde daban de comer y dormir, pero a la vez era almacén con despacho de bebidas. Los hombres que se bajaban a comprar, siempre se tomaban algo y jugaban a las cartas. Y dejaban a las mujeres esperando en el sulki. Y mi abuela, como le daba pena ver a esas mujeres, las hacía pasar a la cocina y les daba algo de tomar mientras charlaban; por eso ella era muy querida. Pero a los pocos años, mi abuelo y mi abuela dejan Bell Ville y se vienen a Ballesteros a poner el hotel. Digamos que ya tenían experiencia en el rubro...


-¿Y era el único hotel del pueblo?

- ¡Noooo! ¡En esos tiempos había tres hoteles en Ballesteros! Estaba el de los Borio y también el de los Pucetti. El pueblo tenía una movilidad distinta y todo dependía del tren. De hecho, uno de los hoteles estaba en el Bulevar Irigoyen, al frente de la estación. 


-¿Y hasta cuándo tienen el hotel tu abuelo y tu papá?

-Mi abuelo fallece en el año ´28, cuando mi viejo tenía 19 años. Así que con su hermano Andrés, que era tres años mayor, se hacen cargo. Lo tienen unos 15 años más hasta que deciden cerrarlo en el ´44...


-¿Por qué?

-Porque se había inaugurado la nueva ruta 9 y el ferrocarril había dejado de tener protagonismo. De hecho, toda la dinámica del pueblo cambió... Mi viejo me contaba que apenas pasó la ruta en el ´39 o el ´40, él le había planteado a su hermano vender el hotel, pero Andrés no aceptó. Sin embargo, al final, lo llevaron a remate y se fueron a Rosario. De hecho, mi hermana Alba nació allá, en ese mismo año. En Rosario, mis viejos y mi tío concesionaron el Club Provincial, pero nos contaban que era muchísimo trabajo y al poco tiempo se vuelven porque se les terminó la concesión. Mi tío se va a trabajar a la fábrica Minetti, cerca de Córdoba y mis viejos se instalan otra vez en Ballesteros. 


-Y ya no se ponen un hotel…

-¡No! (risas) Esta vez no... Al poco tiempo, y durante las intendencia de Maximiliano Bauck y Miguel Davicco, que eran peronistas, mi viejo fue secretario de la Municipalidad. Pero en el ´55 y tras el golpe de Estado, los echan a todos. Tres años después, en 1958, mi padre entra como juez de paz. Después, con toda la familia, nos trasladamos a Villa María, donde mi papá fallece en 1976 a los 67 años. 


NOSTALGIAS DEL “20 DE SEPTIEMBRE”


-¿Quiénes venían al hotel?

-Gente de todo tipo y de todas partes. Sobre todo trabajadores e ingenieros del ferrocarril, ingleses que se quedaban un tiempo y alguna gente de paso. Una vez estuvo Hugo del Carril porque se le había roto el auto... Así que se lo dejó a mi papá, que se lo arregló y luego se lo llevó hasta Córdoba. Hugo del Carril se había ido en tren porque tenía que actuar…


-En una palabra, “para un peronista no hubo nada mejor…

-…que otro peronista! (risas) ¡Nooo! En ese tiempo había mucha gente de bien que lo único que quería era ayudar y servir al prójimo, independientemente del partido político…


-En el pueblo,  todos le dicen “el hotel de los Mirgone” ¿Tenía algún nombre?

-Sí… Se llamaba 17 de septiembre o 20 de septiembre, como el aniversario de Italia… No me acuerdo bien… Lo que sí te puedo decir, es que el hotel pasó por distintas etapas ¿Ves en esta foto? Había techos de tirantes pero después fue remodelado. Un amigo de mi abuelo, que era artista plástico de Bell Ville, le había pintado todo el estucado… ¿Ves? ¿Lo ves en esta foto?


-Podría haber sido un hotel italiano ¿no?

-Es que “era” un hotel italiano, aunque estaba en pleno Ballesteros...


-¿Te queda alguna nostalgia de aquel lugar?

-Sí, todas estas fotos… Y también los relatos de mi viejo y de mi abuela, que todavía recuerdo… Eso fue para todos nosotros aquel hotel, una tradición oral y familiar… ¿Por qué me lo preguntás?


Quisiera decirle que porque yo también tengo una nostalgia por ese lugar que jamás conocí y que estaba en la misma manzana de mi casa; pero es un sentimiento que no sé de dónde me viene. Ese hotel con piezas derruidas que aún se mantiene en pie y que una tarde me mostró Gastón, casi sin querer.


Vuelvo a bajar como un egiptólogo a las catacumbas de la melancolía, cuando alguien me dice: “habitación número seis, señor”. Y me doy vuelta para recoger la llave y abrir, una vez más, las puertas del olvido.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

A 150 AÑOS DEL CAUTIVERIO DE CELSO

 A 150 AÑOS DEL CAUTIVERIO DE CELSO

Por Iván Wielikosielec






//Villamariense de nacimiento y ballesterense por familia, el doctor Carlos Caballero homenajeó a su abuelo en el cementerio de Ballesteros Sud y pidió por un museo en el pueblo//


El hombre que está enterrado en la tumba blanca y mira desde una foto color sepia, se parece demasiado al otro, al que acaba de llegar al cementerio y, casi como un rito, cuelga la bandera de la Nación Ranquel en la tapia. Ambos tienen la mirada lejana, tal vez cansada de hablar o de haberse quedado callado mucho tiempo. Como si tanto las palabras como el silencio al final se fundieran con el viento. Sin embargo, el hombre hará uso de la palabra. Y acaso a muchas de ellas (sobre todo a las araucanas) se las dicte su abuelo desde la tumba. Porque durante la media hora que dure su discurso (acaso la mejor clase de historia argentina a cielo abierto que se haya impartido allí en muchos años) ambos, nieto y abuelo, serán una misma entidad; una “aurea catena” que atraviesa el tiempo y trasciende la muerte.


UN RELATO QUE YA ES MITOLOGÍA


“Esta no es fecha para celebrar ni para entristecerse, sólo para recordar lo que hemos leído alguna vez; un drama en las pampas. Sólo que esta vez al drama le podemos poner cara, apellido y fechas”, dijo muy emocionado Carlos Caballero ante un escueto auditorio conformado por familiares, el secretario de gobierno de Ballesteros Sud Isidro Suárez, la legisladora provincial Graciela Sánchez de Martellono (en representación de Ballesteros) y algunos periodistas villamarienses.

“Siempre en nuestra familia existió el tema del cautiverio del abuelo –prosiguió Carlos- Pero yo tuve la suerte de poder investigar. Y lo que pasó fue que aquel día, como el de hoy  pero hace 150 años, fue que Celso estaba en la estancia de Martín Ramos, un pariente suyo en lo que hoy es La Remonta de Ordóñez, cuando ve que se mueve La Pampa, como se decía en aquella época. El abuelo tenía 15 años, sabe que es el malón pero se da cuenta que no puede regresar a la estancia. Y entonces se mete en una cañada. Pero su caballo se queda arriba con una piola y los indios se dan cuenta que hay alguien. Lo encuentran y lo suben porque al malón lo perseguían las tropas de Villa Nueva y de Bell Ville, que eran los acantonamientos militares. Pasan de noche por La Carlota, Celso ve las luces distantes y dice adiós a su madre y a la civilización, porque sabía que era casi imposible volver. Hicieron cien leguas al galope y al otro día llegaron a la toldería de Mariano Rosas, en Leubucó, La Pampa. Y el indio que lo tenía cautivo, un tal Ralco Arias, lo entrega; porque los indios hacían esos malones en sociedades para juntar caballada, aperos y lanzas y luego rendían cuentas. Celso está un tiempo allí y luego lo llevan a Poitahué”. 


CABALLEROS DE LA MEMORIA


“¿Qué hizo el abuelo con los ranqueles? Yo fui lanza principal de Pincén Chico y estuve en sus principales cargas, dice en el libro escrito por Ricardo Caballero; porque los cautivos tenían que participar en todas las correrías. Sus padres, por otro lado, no dejaron de reclamarlo. A esto lo encontré en el libro “Cartas de frontera”, de la historiadora Marcela Tamagnini. Allí había diez cartas donde mi bisabuelo, Nemesio Caballero, se dirigía a los curas del convento de San Francisco de Río Cuarto y a la Comandancia de Villa Mercedes pidiendo por su hijo. Mi abuelo regresa al pueblo tras un largo periplo, allá por 1890. Aquí ya casi nadie lo conoce y se siente triste, viejo, cansado y desconocido. Luego se casa con mi abuela, con quien era primo, y nacen sus tres hijos; el mayor, de 1904, fue mi padre... Unos años después, dos indios llegaron al pueblo a caballo en busca de Celso. Eran los hijos que había tenido con una mujer ranquel. A los muchachos le había pasado el dato un resero, que en ese tiempo llegaban con las tropas de las pampas a la cordillera. Le dijeron que su madre había preguntado por él y querían saber si necesitaba algo. Se quedaron unos días pero el abuelo les dijo que se iba a quedar porque este era su pueblo. Mi tía Emma, hermana de papá, contaba que sabía venir a casa un hombre a visitar a Celso con un paquete; se iban al fondo y hablaban un lenguaje que ella no entendía. Luego hacían fuego, tiraban alones de avestruz y los comían al rescoldo. Cuando ese hombre venía, había que llevarles una botella de vino y se quedaban ahí, charlando toda la tarde. Mi abuelo vivió en Ballesteros Sud hasta 1920 y murió en Villa en 1938, ciego de cataratas, en lo de su hija Emma. Celso nunca quiso hablar de su cautiverio. Venían a verlo periodistas de Buenos Aires y a veces decía algo. Pero a quien más le contó fue a su amigo, el doctor Ricardo Caballero, que en 1936 publicó “El cautiverio de Celso”. Ballesteros le debe a Ricardo su homenaje también; no sólo por haber sido vicegobernador de Santa Fe en 1914 sino por el escritor y médico que fue. Pero también Ballesteros Sud le debe a su comunidad un museo por ser, sin dudas, el pueblo con más historia de todo el sudeste cordobés. Porque cuando los viejos de mi generación se mueran, ¿quién les va a contar estas cosas a los más chicos? Saber la historia de un lugar es motivo de orgullo y permanencia. Quien ama Ballesteros Sud, no querrá irse nunca más de la tierra que vio nacer y morir a Celso y a Ricardo”.


IW

(15 noviembre 2022)

miércoles, 9 de octubre de 2019

ALTA EN EL CIELO (APUNTES SOBRE LA NUEVA BANDERA DE BALLESTEROS)

ALTA EN EL CIELO

(APUNTES SOBRE LA NUEVA BANDERA DE BALLESTEROS)

Me alegró muchísimo saber que, desde ayer, mi pueblo tiene bandera. Pero mi alegría fue mucho más grande cuando la vi en una foto publicada por el Municipio. La bandera es, desde todo punto de vista, muy hermosa; tanto en el diseño como en los colores y (por cierto) en su simbolismo más profundo. Y desde esta sencilla página felicito y abrazo a su creador, Cristian Bordón (“Quitano”, te pasaste!)

LA ENSEÑA QUE “QUITANO” NOS LEGÓ

En cierto modo, la bandera de Ballesteros es “casi” una bandera argentina. Sólo que la franja inferior, en vez de celeste es verde clara. Acaso recordando que fue en Ballesteros donde se sembró por primera alfalfa en el país. Y ese verde claro, compuesto por los colores azul, blanco y amarillo, está en fabulosa sintonía con las otras dos franjas. En cuanto al símbolo central (el arco del pueblo bordado en dorado bajo un sol, como un ojo que despierta) dialoga directamente con el escudo creado por Sara Savio en 1980, pero también con la bandera argentina (por el Sol de Mayo”) y la bandera de Córdoba (entre el sol y el arco de Ballesteros se recorta la silueta medieval del arco de Córdoba).

Sin embargo y más allá de estos detalles, lo más hermoso de la bandera es su impacto visual inmediato. Hay algo de civilizado y de salvaje en su factura final. Acaso porque me recuerda a la bandera de Hungría, con idénticas franjas inferiores verde y blanca que conocí en el mundial ´78 juntando tapitas. Hungría me hipnotizaba por el apellido de sus jugadores y por los gitanos, a los que también les decían “húngaros”. Y luego por sus leyendas de monstruos y vampiros (la condesa Bathory, descendiente de Drácula, y Matías Corvino, primo del conde), como sus fascinantes puentes dividiendo Buda de Pest como si dividieran oriente de occidente.

Pero también pensé en la bandera de otro reino casi salvaje, Tayikistán, que con frajas verdes y blancas también, tiene una corona bordada en dorado como la bandera de Cristian, y es un país limítrofe y desconocido entre el sur de la ex Unión Soviética, Afganistán y la China.

















ÚLTIMO PUEBLO QUE HABLA “CORDOBÉS”

Y creo que Ballesteros comparte algo de esos pueblos y esas banderas también. La extraña característica de ser un pueblo de límites geográficos. Y es que sus vías demarcaron, en 1866, el norte y el sur de aquella “Esquina de los Ballesteros” por donde pasaba el río y el Camino Real. Y además fue mojón exacto entre “civilización y barbarie”; el punto exacto hasta donde llegaba el malón y dónde se empezaba a estar “a salvo”. Al menos para sembrar alfalfa.

Pero Ballesteros es, también, un pueblo de límites lingüísticos y culturales. Y podría decirse a ciencia cierta que “es el último pueblo del Este provincial” en donde se habla “cordobés puro”. Porque en Bell Ville la cosa cambia ostentosamente y en San Marcos y Leones ya se vuelve “dialecto rosarino”.

Ese “cordobés puro” que se habla en mi pueblo es, sin dudas, el dialecto más “salvaje” de toda la provincia. El más parecido al idioma de la capital pero con maravillosos giros gauchescos. Digamos que el “dialecto ballesterense” es a los pueblos cordobeses lo que el “dialecto uruguayo” es a los pueblos del Plata; una fabulosa y ancestral música oriental. Y lo más hermoso es que ese registro de habla, de momento no ha sido domesticado. De hecho, a nadie se le ocurriría hacer un programa de radio o de televisión en “ballesterense hard-core”. Sí, en cambio, buscarían locutores de Noetinger o Marcos Juárez, tonadas sin ninguna personalidad. E incluso los locutores del pueblo debieron aprender a hablar en “neutro” por el micrófono (el “Negro” Heredia, el “Cocho” Latino, el “Cefe” Santopolo o Emilce Sales son maravillosos ejemplos). Pero no pasa así cuando ellos o cualquier ballesterense habla al pie de calle. Allí, sabiéndolo o sin saber, cada ballesterense es un gran músico de la lengua; utilizando miles de giros e inflexiones de una riqueza inagotable y desconocida. Por eso es que me pareció un acierto tremendo ese espíritu “del Este” en la bandera del pueblo. ¿No somos acaso los “orientales” de la provincia? ¿No tenemos el mismo sol de uruguay en la bandera? ¿No somos la capital espiritual y oculta del Sudeste más profundo?

EL COLOR DEL POZANJÓN (PROMESAS DEL SUDESTE)

Cuando me enteré del concurso de la bandera, también yo hice unos esbozos que no llegaron a nada. Esto fue hace un par de años. Como Cristian, también imaginé (entre otros diseños) una suerte de bandera argentina. Sólo que entre el verde y el celeste, yo hubiera puesto un marrón-plateado: el color del Pozanjón al caer la tarde. Pero luego pensé que esa franja sería una falacia, puesto que el Pozanjón no puede reducirse a un color; acaso porque los tiene a todos y a la vez no es de ninguno.

El Pozanjón tiene algo de la ancestral terracota del pantano sobre el cual se asienta, pero también algo del siena jabonoso de los canales que desaguan, algo de la rojiza arcilla del óxido que traen las lluvias del verano y un extraño azul ultramar marítimo en su delicado lomo de otoño. Y sobre todo, el negro lodo removido por las vacas y caballos de los Rivera pastando en sus orillas desde hace un siglo, como el oscuro torbellino blanco que rezuma de sus napas más profundas, esas donde hierve el arsénico y (dicen los ballesterenses) tiran manotazos los tentáculos del océano. Y como los brazos de un pulpo cavaron un “ojo de mar” para mirar el cielo desde ese punto del mundo.

Y en ese sentido, Ballesteros es, también, un monstruo que vino del Este, como el océano. Ese monstruo que en el pueblo no tiene forma ni color pero se vuelve pupila enloquecida en las aguas de su laguna. Pupila que no tiene forma pero que acaso fue dibujada por primera vez por Cristian. Lánguidas pestañas como un Sol de Mayo, pupilas de arco apuntado bajo un sol naciente y mirada de cíclope esotérico. Ese que promete un amanecer de luz y cultura como el antiquísimo sol de los jesuitas.

Facebook de Iván Wielikosielec : Alta en el cielo (Apuntes sobre la nueva bandera de Ballesteros)