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jueves, 19 de noviembre de 2015

Cuando Sport- 9 de Julio era el clásico de Ballesteros



Cuando Sport- 9 de Julio era el clásico de Ballesteros
Fueron los clubes pioneros del pueblo en los albores del Siglo XX; pero a fines de los años 30 se fueron extinguiendo y decidieron fusionarse en Hipólito Yrigoyen, que disputó la Liga Villamariense del 41 al 44. En 1945, de las cenizas de Yrigoyen nacía la Asociación Biblioteca y Gimnasia y, ese mismo año, el Club Atlético y Biblioteca Talleres. El nuevo “derby” ballesterense se empezaba a jugar con otros nombres y otros colores. Pero los viejos futboleros aún se acuerdan de Sport y 9 de Julio, de los míticos enfrentamientos en la canchita del Polvorín en torneos que siempre los tenía como finalistas


Kihel volcó sus conocimientos de la historia del fútbol de Ballesteros para saber un poco más del viejo clásico
Escribe: Iván Wielikosielek
Una borrosa tarde de la memoria (que si me esfuerzo por enfocar seguramente corresponde al año 1981) mi abuelo me habló de Sport y de 9 de Julio. Debe haber sido a causa de mi “fanatismo” por aquel Talleres que ese año perdía la liga en Posse. Y si enfoco más todavía, debe haber sido un domingo en que íbamos en su Siam Di Tella modelo 65 a Cintra, a ver un partido contra Luro. Entonces mi abuelo me habló con el mismo cariño conque los egipcios le dijeron a los griegos “¿se creen que la cultura empezó con ustedes? ¿no saben que hace ocho mil años hubo otra civilización resplandeciente cuyo continente se hundió en un día? ¿o es que nunca oyeron hablar de la Atlántida?”. Por cierto que en ese entonces yo no había leído a Platón y creía que el fútbol había empezado con los goles de Kempes, la fundación de San Lorenzo de Almagro y aquel Talleres del “Gringo” Marusich y el “Tigre” Barrionuevo. (“Tiro y Gimnasia” no existía para mí, y era, según mi opinión de aquellos tiempos, “un club de timberos”). Pero mi abuelo, que era libanés de nacimiento y que acaso sin saberlo repetía aquel diálogo platónico entre un viejo asiático y un novato occidental, me dijo: “Hace muchos años, el clásico del pueblo era otro. Lo jugaban 9 de Julio y Sport. No Talleres contra Gimnasia ¿Nunca sentiste hablar de 9 de Julio y Sport?”. Y tras una breve sonrisa me confesó haber jugado “algunos partidos para Sport.
Una vez incluso hice un gol en el clásico -prosiguió- Yo era wing derecho y esa tarde había un viento bárbaro. Quise tirar el centro pero el viento la metió y con ese gol ganamos uno a cero”. Yo no me podía imaginar a mi abuelo Augusto Cura, que era rengo y corto de vista, jugando al fútbol. Mucho menos desbordando el lateral y tirando un centro. Así que, para cambiar de tema, le pregunté cómo era la camiseta de Sport. “Toda blanca”, me contestó. Y yo le dije “si hoy jugaran contra Talleres se comen cinco”, que dicho sea de paso fue la cantidad de goles que la “T” le hizo a Luro aquella tarde. Fue la única vez que hablé con el viejo del “clásico atlante” de Ballesteros. Y hoy me arrepiento de no haberle preguntado más. No sólo porque hoy casi nadie se acuerda de esos dos equipos, sino porque al heredar las viejas fotos familiares di con una de los años 30 que al principio no entendí. Allí, mi abuelo, un “veinteañero” de saco y corbata posaba junto a un plantel desconocido para mí. El equipo en cuestión gastaba camiseta mangas largas a bastones negros y blancos (o acaso azules y blancos) y era sin dudas anterior al team de Talleres, que usaba la misma ropa. A los pocos días y tras hablar con varios “sabios del pueblo”, entendí que la foto retrataba a 9 de Julio de fines de los años 30; y que el viejo desde alguna dimensión del espacio y del tiempo, me estaba invitando a seguir conversando con él.


Uno de los equipos de fines de los años 30 que presentaba 9 de Julio de Ballesteros en cada partido
Uno de los equipos de fines de los años 30 que presentaba 9 de Julio de Ballesteros en cada partido


Crónica del partido que dividía a las familias
Con sus 91 años, Elías Nasser es un referente ineludible del Club Tiro y Gimnasia, al cual presidió durante años. Y es, sobre todo, uno de los grandes “libros abiertos” de la historia ballesterense. Al igual que mi abuelo (de quien era primo hermano) también nació en el Líbano; y de este modo cuenta su arribo a estas pampas. “Llegué a Ballesteros con 2 años en 1926, y por ese tiempo Sport y 9 de Julio ya existían. La cancha de 9 de Julio estaba al fondo de esta misma calle (la Roque Sáenz Peña) en un terreno del Polvorín; y el equipo tenía camiseta azul y blanca como la de Talleres. De los colores de Sport no me acuerdo, pero sí te puedo decir que la cancha estaba en el actual Estadio Municipal donde hoy juega Talleres. Eran muy bravos los clásicos entre 9 de Julio y Sport”.
Y Julio Kiehl, expresidente de Talleres de Ballesteros y exdirigente de la Asociación Cordobesa de Fútbol, le da la razón a Nasser. “Había familias enteras que se dividían cuando se jugaba el clásico. Dicen que tres veces no pudieron terminar el partido por incidentes y que tuvo que venir la montada de Bell Ville”. Y a la hora de hacer un retrato de época, Kiehl señala: “En esos tiempos no había liga y sólo se jugaban campeonatos entre los pueblos. Venían cuadros de Morrison, Idiazábal, Ballesteros Sur, Cárcano, Alto Alegre y alguno de Villa María. Pero siempre llegaban a la final Sport y 9 de Julio”.
A la hora de citar jugadores históricos, Kiehl menciona como estrellas del Sport “a los Mirgone, el “Gato Flaco” Argüello, don Aureliano Salgado, el “Cleto” Oliva, los hermanos Moré y el arquero Miranda”. Los íconos de 9 de Julio, según el exdirigente, eran “los hermanos Alemano y “El Marica” Quiñónez, que muchos dicen fue el mejor jugador de la historia de Ballesteros”. Y al final, casi con un dejo de tristeza (la de quien sabe de qué se trata el esplendor y el ocaso de un club) Kiehl agrega: “Con el tiempo dejaron de hacer fútbol los dos hasta que un día se fusionaron en el “Combinado Yeyé”. Ahí jugaba algunos de la vieja guardia como “El Marica” pero también los de la nueva camada, como el “Mundo” Rodríguez. Incluso había un cinco que era de Tigre, pariente de doña “Mecha” Alonso, el “Gringo” Alonso; que cada vez que venía de Buenos Aires jugaba para el combinado. Pero el “Yeye” duró poco y ahí nomás nació Yrigoyen. Y todo lo que era de 9 de Julio incluida la cancha pasó al nuevo club, que llegó a jugar en la Liga Villamariense”.
Leyendo el fabuloso libro de Leo Ambrosino “La Centenaria LVF y sus campeones”, corroboró lo dicho por Kiehl: Yrigoyen jugó 4 torneos entre 1941 y 1944. Y si bien sus actuaciones no fueron brillantes, tampoco figuró entre los últimos; lo que era un mérito entre “los gigantes” de la Villa. Al respecto, Elías Nasser tiene una anécdota. “Por esa época yo iba a la Escuela del Trabajo y lo iba a ver a Yrigoyen a la cancha de Unión Central. Yrigoyen tenía una camiseta roja con una banda blanca. Pero también lo seguía a Unión de Ballesteros Sud, que tenía un equipazo. Cuando entraba a la cancha, las tribunas de la Placita temblaban. Imaginate lo que eran todos esos gringos grandotes saltando en los tablones…”
Julio Kiehl también le dedica un paréntesis al fabuloso Unión de Ballesteros Sud que ganó tres ligas villamarienses (´38, ´39 y ´43) y me recita aquel once titular como la fila de guerreros de una “Ilíada” perdida en algún lugar del Lejano Sudeste: “Chacón al arco; el “Mula” Caballero de dos y el “Boni” Díaz de tres. Al medio el “Rubio´e la Mendioca” de cuatro, el “Nene” Muñoz que era Ballesteros, de cinco, y su hermano el “Pantera” Muñoz de seis, también de acá. Adelante de siete el Víctor López de Ballesteros, el Dante Vittone de ocho, el “Yiye” Vittone de nueve, Zurita de diez y el “Pancita” López de once, que era de Morrison. Fijate que tres de los mejores jugadores de Ballesteros estaban ahí…”.
Y al escuchar esta última frase, me explico mejor la decadencia de 9 de Julio y Sport. Y algo parecido sucederá al poco tiempo con Yrigoyen, que en 1945 pasará a llamarse “Club Tiro y Gimnasia” rebautizado años después como “Asociación Biblioteca y Gimnasia”. El 19 de abril de ese mismo año, ya se había fundado el Club Atlético y Biblioteca Talleres. Y ambos jugarían el clásico del pueblo por los siglos de los siglos.

Sport modelo 34
Cuando creía que Yrigoyen había sido el único equipo de Ballesteros en participar de una Liga Villamariense, un inesperado hallazgo viene en mi auxilio. Lo encuentro, como no podía ser de otra manera, en el libro de Ambrosino. En la página dedicada al año ´34 y entre los equipos del primer campeonato que pretendió ser “regional”, aparece el “Sport Atlético de Ballesteros”. La lista se completa con Unión de Morrison, Sarmiento y Leones (de Leones), Argentino, Bell y River (de Bell Ville), Newells Old Boys de Marcos Juárez y los cuatro gigantes de Villa María: Sarmiento, Unión Central, Argentinos y Central Argentino. Lo llamo por teléfono a Ambrosino para que me cuente lo que pasó en el ´34.
“Pasó que el presidente de la Liga era Jorge Hillar, y quiso reestructurar el fútbol. Con la flamante profesionalización en Buenos Aires, hicieron la prueba piloto de una Liga Profesional Regional que se expandiera hasta los pueblos vecinos. Pero sólo duró ese año. Yo no me acuerdo de esos equipos de Ballesteros que me decís vos, pero en la Biblioteca Rivadavia está El Heraldo y El Deber, los diarios de Villa María del ´34. Y ahí podés averiguar algo de tu Sport querido. Pero no te hagás muchas ilusiones. Y menos conque San Lorenzo va a ganar otra vez la Copa Libertadores”. Y el expresidente de la LVF, hincha declarado de Colón de Arroyo Cabral y el “Rojo” de Avellaneda, me despide con un abrazo desde Carlos Paz, donde se repone de un susto cardíaco.
Una vez en la Biblioteca Rivadavia y tras recorrer los tres tomos del ´34 (tesoros encuadernados en cuerina bordó) le doy la razón a Leo: no hay mención alguna del Sport. Pero en una segunda pasada encuentro un recuadrito maravilloso. Es de El Deber, del jueves 24 de mayo. El título dice “Unión Central juega en Ballesteros enfrentando a Sport”. Y acto seguido, el periódico presenta la alineación del aurinegro. Nada se dice del elenco ballesterense ni se volverá a decir nunca; porque la colección del diario se retoma 4 días después, el 28 de mayo, ya como El Heraldo. Al comprobar más adelante que esa competencia era por eliminación, ya puedo imaginar el resultado. Más sabiendo que al torneo lo ganaría Unión Central en un cuadrangular final solo entre villamarienses y de manera invicta. En esos tiempos (apunto) se jugaba el Mundial de Italia, Hitler tenía un ascenso imparable en Alemania, Antonio Sobral era miembro del Congreso representando a Villa María y el Graff Zeppelin pasaba por Buenos Aires. Pero de Sport, nada más que una línea y luego silencio absoluto en los amarillentos papeles del olvido.

Leo Ambrossino también supo detallar la historia en su libro por el Centenario de la Liga Villamariense
Leo Ambrossino también supo detallar la historia en su libro por el Centenario de la Liga Villamariense

Benjamín Cacciavillani y el origen religioso de 9 de Julio
Cuando creí que ya no tendría a quién más consultar, se me ocurre visitar a mi amiga la poeta ballesterense Alicia Gordanino. Mi idea es pedirle prestada la “Historia de Ballesteros” del mítico “Pepe” Cacciavillani. Alicia me trae la reliquia, pero tras recorrer áridas hojas mecanografiadas de esa primera versión de 1980, sólo recojo este párrafo: “Esta década (la del 20) es de construcciones y fundaciones. Se fundan los clubs Sport y 9 de Julio. Nombres de todas las condiciones sociales hacen las glorias del fútbol local: los Moré, “Marica” Quiñónez, “Pantera” Muñoz, Paternoster, Oliva…”
Ante tan escueta información, Alicia me dice “quizás mi tío te sepa decir algo más”. Y sin mediar palabras llama por teléfono a Córdoba. Del otro lado me espera Benjamín Cacciavillani, hermano de “Pepe”. A los 82 años, el “Tío Benja” me trae a la memoria la voz de su hermano que escuché por última vez en los días en que hablaba con mi abuelo en el Siam Di Tella, apenas tres años antes de la prematura muerte de “Pepe” en 1984. Y Benjamín me aporta datos por demás significativos. “9 de Julio tenía la camiseta a rayas como la de Racing, pero era negra y blanca. Había jugadores de todas las clases sociales, como Dante y Félix Moré que eran comerciantes, pero también hombreadores de bolsas como el “Marica” Quiñónez y el “Lencho” González. Fue José Amicarelli quien trajo el fútbol a Ballesteros. Tenía pasión por el deporte; a tal punto que su bisnieta fue Magdalena Aicega, excapitana de Las Leonas. Amicarelli era militar y fue condiscípulo de Perón. Y fue José junto al padre Alfonso María Buteler, párroco entre 1920 y 1923, quienes fundaron el club 9 de Julio. Después Buteler fue llamado para rector del seminario de Córdoba y dejó Ballesteros”.
La charla prosigue y Benjamín me confirma datos ya tomados a Kiehl, Nasser y Ambrosino. Al colgar, siento que no sólo he recuperado la voz de “Pepe” sino también la de mi abuelo. Y vuelve a mí aquella borrosa tarde en que el viejo me decía: “Hace muchos años, el clásico del pueblo era otro. Lo jugaban 9 de Julio y Sport. No Talleres y Gimnasia ¿Nunca sentiste hablar de 9 de Julio y Sport?” Y comprendo que esta nota apenas ha sido un intento de responderle. Pero lo cierto es que no hice otra cosa que multiplicar las dudas. Pero me siento infinitamente feliz, porque mientras me siga preguntando por ese partido del pasado, seguiré charlando con mi abuelo camino a Cintra, en esa borrosa tarde que aún no ha terminado y donde la camiseta del Sport será blanca para siempre.

martes, 27 de octubre de 2015

Memoria de Ballesteros y sus próceres olvidados



Hijo del primer intendente y hermano de “Pepe”, el poeta mayor del pueblo, Benjamín Cacciavillani es parte indisoluble del “ADN ballesterense”. A los 83 años y a pesar de haberse radicado en Córdoba hace más de 60, “Benja” guarda una fabulosa colección de recuerdos de su terruño, tanto en su cabeza como en una caja con recortes que (según dice) “debería ordenar uno de estos días”. Entre esos papeles está la biografía de Tulia Ciámpoli, la primera Miss Argentina y la del campeón italiano de decatlón Gervasio Bastino, ambos nacidos hace un siglo en la vecina localidad


Benjamín Cacciavillani con su esposa, Ana Galvani
El primer recuerdo que guarda “Benja” data de 1935. Se trata de una tarde en la Sociedad Italiana o en la escuela del pueblo. “Yo tenía tres años y actué de payaso en una velada. Estaba adentro de una caja y me había enamorado de una muñeca que estaba en la otra”, dice el hombre que está frente a mí, lo que equivale a decir aquel mismo niño ocho décadas después. Y entonces, por mi cabeza habituada al cine, pasa una película muda y en blanco y negro, un filme con actores de rostro empolvado y raya al medio con gomina como en los videos de Gardel. Pero en la voz de Benjamín Cacciavillani hay música y colores, como en un carnaval en HD. Y sobre todo aquella vieja emoción que una vez más atraviesa el tiempo y le hace temblar la voz idéntica a la de su hermano “Pepe” y (acaso también) a la de su padre y a la de su abuelo. Y es que Benjamín Cacciavillani, esa identidad que me habla desde el sillón de un living cordobés, no es sólo una individualidad, sino un eslabón (el último) de una dinastía de hombres y mujeres que forjaron la historia de Ballesteros. Y si no, repasemos. Su bisabuelo materno, don José Amicarelli, fue el primer inmigrante llegado al pueblo en 1870, cuando la incipiente aldea sólo contaba con apenas cuatro años de edad, una estación y campos interminables alrededor. Su abuelo, Cármine (hijo de don José) fue el primer médico. Y su padre, Vicente Cacciavillani, el primer intendente entre 1920 y 1930. (Electo cuatro veces consecutivas, don Vicente sería depuesto por el mismo golpe de Estado que derrocó a Yrigoyen). Y, por cierto (y acaso éste sea el dato más importante de todos) su hermano mayor, José Ernesto (“Pepe” para todo el mundo) fue el poeta más importante del terruño; autor del poemario “Rumor del Río”, de la primera (y única) “Historia de Ballesteros” y de la letra y música de su himno. Por eso no es exagerado decir que por las venas de Benjamín corre sangre y memoria. Porque este hombre que todo lo recuerda es, además, puro presente absoluto. Como la tarde que repite las edades o la sombra inmutable de un viejo algarrobo.

Apuntes para una biografía

El Pozanjón en 1932, año del nacimiento de Benja (gentileza Facebook Ballesteros)
“Nací en 1932 y soy el más chico de 10 hermanos -dice Benjamín-; cuatro varones y seis mujeres. Mi vida cambió para siempre en el año 40 cuando falleció mi hermano mayor. Tenía 30 años y se electrocutó cambiando unos cables en la casa Boutté y Journé, uno de los almacenes más antiguos del pueblo. Esa muerte fue un antes y un después para mí. En el 46 me fui a estudiar a la Escuela del Trabajo de Villa María y en el 49 me recibí de modelista como mi hermano Tito, que trabajaba en la Siam de Buenos Aires. El me enseñó todo lo que sé, pero nunca lo pude igualar. Cuando me recibí, intenté trabajar en Tancacha y en Buenos Aires, pero no me adapté. Así que me volví a Ballesteros, donde en el 50 conocí en una reunión de la escuela a una maestra de Bell Ville que daba clases en el pueblo, Ana Galvani. Empezamos a charlar y ya ni sé cómo fue que nos pusimos de novios y nos casamos. Al poco tiempo nos vinimos a Córdoba donde estaba mi hermana Chiche, a dos cuadras de acá. Vinimos porque me salió un trabajo de profesor en el IPET 48 Presidente Roca, en el Parque Sarmiento, donde me jubilé hace unos años. Acá formamos una familia y tuvimos cinco hijas mujeres y, desde hace un tiempo, también varios nietos. Pero nunca me olvidé de Ballesteros. Mirá, a veces estoy solo y me viene a la memoria gente, acontecimientos, escenas. Y aunque no soy un poeta como mi hermano “Pepe”, me dan ganas de escribir. Y entonces anoto en papeles sueltos cosas del pueblo o le mando cartas a los amigos de la infancia, especialmente a un compañero de la primaria que vive en Buenos Aires y que hace 50 años que no veo. Son cartas a máquina y él siempre me responde. Cada vez que me llega un sobre suyo es como si me golpeara la puerta un pedazo del pasado. Y entonces me fijo en unas cajas que tengo y miro las fotos viejas o chequeo la pila de “La Linterna” (el diario ballesterense que editó “Pepe” durante más de 30 años). Y es como si volviera a vivir en Ballesteros y todo siguiera intacto. Sin embargo ya no viajo muy seguido. Pero cuando voy lo primero que hago es visitar al Hugo Pradella, el último amigo que me queda vivo, porque el otro, el “Piringa” Quevedo, ya se murió. Pero también trato de ver a don Elías Nasser, al Mario Nicosía y al Rolando Bustos, a los que quiero muchísimo. El año pasado se murió la Beba, mi última hermana. Tenía 99 años y vivía en la casa familiar. Ahora la casa se ha quedado vacía y está muy deteriorada. Imaginate, es de 1909… Todavía no sabemos lo que vamos a hacer con la casa, pero me encantaría que la Municipalidad levantara un museo. Siempre pensé que Ballesteros se merecía uno. Y esa casa es tan grande y sus paredes han vivido tantas cosas… Me acuerdo de la vez que me invitaron para la inauguración del centro cultural que lleva el nombre de mi hermano… Fue en el año 2000. Me emocioné mucho por estar ahí y dije unas palabras que guardo en la caja que te digo. Algún día la voy a acomodar y te voy a mostrar todo… Bueno, cuando di ese discurso supe, al menos por mi hermano, que nuestra casa de la infancia tenía un destino de museo. Hay días enteros en que no pienso en Ballesteros. Pero me basta oír el nombre de alguien o que me llegue una noticia para que desencadene un montón de recuerdos… Entonces voy a esa caja, que es como mi cabeza, pero también como mi corazón. A lo más importante de mi vida lo guardo ahí adentro…”.

Una caja llena de secretos
-¿Y qué escritos guarda en esa caja, “Benja”?
-Había empezado a escribir la biografía de las personas más importantes del pueblo. Algunos han trascendido más allá, como Oscar Cabalén o Rubén Juárez, pero otros han quedado anónimos y olvidados incluso para nosotros. ¿Vos sabías, por ejemplo, que la primera Miss Argentina nació en Ballesteros?
Le digo que no, que ni siquiera había escuchado nada parecido. Y aunque me temo que esté desvariando a causa de la edad, no digo nada. Pero no. Nada de desvaríos. Don “Benja” es pura lucidez.
“Encontré unas fotocopias que quiero darte”, me dice. Y acto seguido se las pide a su esposa Ana, que además trae una bandeja con jugo, caramelos y pan dulce. “Sírvanse, chicos”, dice, tras lo cual me extiende el papel y un audífono a su marido. “¿Ahora escuchás mejor, viejo?”. “No, peor”, le contesta riéndose. “Lo voy a tener que cambiar”, dice Ana. “¿El audífono o el marido?”, dice Benja. “¡A los dos! ¡El marido con el audífono y todo!”, dice ella riéndose. Y él le contesta: “¡No te escucho! ¡No te escucho!”.
En la fotocopia que me pasa Ana, leo la breve historia de Tulia Ciámpoli (que luego chequeo con toda exactitud en Internet). La primera Miss Argentina, efectivamente, nació en Ballesteros en 1912 y fue elegida en 1928 en un certamen realizado por la revista “Hogar Argentino” en Mar del Plata. La mujer falleció en 1981 tras ser actriz del Teatro Nacional, de cine y destacada violinista. Cuando termino de leer el artículo, “Benja” me dice: “¿Y sabías que el campeón italiano de decatlón del 45 también era nacido en Ballesteros? Se llamaba Gervasio Bastino… Ana, alcanzale al muchacho los otros papeles que te dejé…”
Y entonces, en una borrosa fotocopia de El Gráfico del año 46, aparece una nota al atleta que ese año había venido al país. Su prioridad (según el cronista) era “conocer el pueblo donde su madre (una italiana de paso por América) lo había dado a luz”.
“Bastino fue a Ballesteros no sólo a conocer, sino a buscar una copia de su partida de nacimiento. Y como por ese entonces mi padre era juez de Paz, se la dio él mismo. Dijo que Bastino estaba muy emocionado con el papel y con la amabilidad de la gente”.
-¿Y usted empezó a escribir la historia de Bastino también?
-Sí, porque tengo varios recortes. Pero están en esa caja que te digo. Ya me voy a poner un día de estos… ¿Vos sabías que Ballesteros fue el primer lugar del país donde se sembró alfalfa? Fue en el año 1900 en el campo de Patricio Oyola, que en la actualidad pertenece a Casabona. Dicen que prendió con tanta fuerza que las semillas se desparramaron y llenaron de alfalfa el campo del vecino y así sucesivamente… A eso también lo tengo escrito…
-Su hermano “Pepe” es el autor de la “Historia de Ballesteros… ¿Le pidió ayuda?
-A veces me preguntaba cosas, pero al libro lo escribió él solo… A pesar de ser poeta y yo maestro, compartíamos el entusiasmo por la historia del pueblo.

Pozanjón y después
-Entonces ya que es fan de la historia ballesterense, acá va un ping pong. ¿Qué sabe de los misterios del Pozanjón?
-Unos dicen que es un ojo de mar y otros cuentan historias extrañas, como la de una carreta que cruzó con bueyes, se hundió y no apareció jamás. Pero ésas son leyendas. Lo que es verdad es que a fines del siglo XIX, los encargados el ferrocarril, que estaba en poder de los ingleses, le tiraron vagonadas de piedra para taparlo. Pero el Pozanjón se tragó las piedras sin dejar rastros. Desde que yo tengo uso de razón que esa laguna nunca se ha secado. De chico yo vivía ahí. Y hasta me fabriqué un bote…
-En el pueblo se cuenta que usted, además de un bote, tuvo la cama de Fray Mamerto Esquiú…
-Un día, el párroco de Ballesteros Sud me dijo si no quería llevar una cama vieja a la iglesia de Ballesteros porque no había más lugar. Así que la cargué en la chata y la dejé donde me dijo. Después me enteré que había pertenecido al cura que había evangelizado la zona en 1882. A veces lo cruzo a José Santopolo, que es una suerte de segundo cura, y le pregunto, pero él no sabe nada. Nunca supe qué se hizo de esa cama…
-Hablando de la iglesia de Ballesteros, tiene un diseño muy particular que la emparenta con el arte de los jesuitas. ¿Conoce algo de su fundación?
-La iglesia se inauguró el 17 de marzo de 1943, justo el día de mi cumpleaños 19. Pero el 12 de octubre de 1939 se puso la piedra fundamental y yo estuve ahí porque lo ayudaba en la misa al padre Company. Me acuerdo también de los otros monaguillos, el Alcides López y el chico Villalong. Los arquitectos fueron Rocha y Martínez Castro, de Buenos Aires. Y el ingeniero Sánchez, de Ballesteros Sud, fue quien dirigió la obra. Tanto el campanario como la cúpula están inspiradas en la Estancia Jesuítica de Santa Catalina. Es muy difícil encontrar ejemplos así en la zona.
-Pasemos al fútbol. Antes del 45, Ballesteros tenía otros clubes: 9 de Julio y Sport…
-Mi abuelo José Amicarelli fue quien trajo el fútbol al pueblo. Tenía pasión por el deporte y se lo transmitió a toda la familia. A tal punto que su bisnieta, Magdalena Aicega, fue capitana de Las Leonas. Amicarelli era militar y condiscípulo de Perón. Y junto al padre Alfonso María Buteler, párroco entre 1920 y 1923, fundaron el Club 9 de Julio. Después, Buteler fue llamado para rector del seminario de Córdoba y dejó Ballesteros. El otro club era Sport y tenía la cancha en el actual Estadio Municipal. A fines de los 30 los dos clubes se fusionaron. El que logró ese prodigio fue mi cuñado, Armando Pradella. De esa unión nació Hipólito Yrigoyen, que en el 45 se transformó en Tiro y Gimnasia.
-Este misterio es más bien familiar. ¿Cómo es que su hermano “Pepe” cambió el oficio de cura por el de escritor?
-“Pepe” estuvo cuatro años en el seminario, de los 13 a los 17. Hasta que se enfermó grave y lo mandaron al Hogar Agrícola, que está entre Morrison y Ballesteros. Ahí estuvo un año con hermanos religiosos hasta que se curó del todo. Y entonces decidió que no sería sacerdote. Se volvió al pueblo y el padre Company lo contrató en el Salón Parroquial. Por ese entonces, nuestra hermana Beba le enseñó el piano y después se fue a estudiar a un conservatorio de Bell Ville con una tía que era concertista. Pero tanto con la música como con la poesía, “Pepe” fue autodidacta. Cuando aprendía piano en Bell Ville, se hizo muy amigo del poeta Artemio Arán. Quizás él lo haya influenciado en su decisión, aunque no sabría decirte a ciencia cierta. Al poco tiempo entró en la Unión Telefónica y luego se casó con una chica Rizzi, con la que tuvo dos hijos. En el 84 lo trasladaron a Mina Clavero con cargo directivo. Era el año de su jubilación, pero se murió al otro día de haber llegado, de un infarto en plena calle. Fue tristísimo para todos…
-Una de las “maravillas arquitectónicas” del pueblo es, sin dudas, el bulevar Roque Sáenz Peña y sus estatuas. ¿Cómo nace?
-El bulevar se inauguró en 1939 durante la Intendencia del doctor Lafourcade y fue toda una revolución. Yo tenía 7 años, pero me lo acuerdo. De pronto, todos íbamos a jugar a los canteros, la gente se sacaba fotos en las estatuas y el paseo era el orgullo del pueblo. Hay quienes dicen que Lafourcade se inspiró en los paseos de Versalles, en el país de su padre. Creo que hay algo de eso.
-Su familia tuvo relación directa con la construcción del Oratorio San Roque, ¿cómo fue?
-El oratorio se fundó en el 39 a instancias de mi madre, que era muy católica y siempre visitaba a los enfermos. Porque San Roque no es sólo el patrono de los trabajadores, sino también de los enfermos. La imagen del santo la donó una tía mía en cumplimiento de una promesa por haberse curado. Hay que tener en cuenta que en esa época había mucha tuberculosis en el pueblo. Sobre todo en los galponeros, que hombreaban bolsas en los campos y tomaban mucho vino sin alimentarse. Y todavía no había vacunas.
-Sin embargo, los devotos de San Roque no piden por la salud, sino por el trabajo…
-Sí, por eso cada 18 de agosto se hacía esa fiesta y la gente llevaba el santo del oratorio hasta la iglesia. Y los panaderos empezaron a hornear para ese día unos pancitos especiales que, según me han dicho, todavía se siguen haciendo…
Languidece la tórrida tarde en Altos de General Paz y con la última luz del día esta nota se termina también. Al despedirme en la puerta de “Benja” y Ana, el hombre me dice casi como una promesa que “cuando acomode esa caja te llamo para que veas un montón de recuerdos más”. Y aunque le contesto de lejos que me encantaría, me digo si en el fondo es necesario, si con todas las cosas que “Benja” me ha contado no tengo material para seguir pensando en todos los posibles pasados de mi pueblo como quien se asoma a una vieja película muda. Y entonces, por asociación directa, me viene a la cabeza no esa caja del presente con recortes, sino la otra, la caja de hace 80 años donde un niño vestido de payaso se enamoraba de una muñeca que también estaba encerrada. Un amor imposible que ya empezaba a fluir en su sangre con el vértigo del futuro y la pastosa lentitud del pasado. Ese temprano sabor a lo perdido que luego sería recuperado por el fabuloso, restaurador poder de la melancolía.
Iván Wielikosielek

viernes, 14 de noviembre de 2014

La mitología de Ballesteros cabe en una canción

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9 de Noviembre de 2014
Poeta y folclorista, Mario Nicosia tuvo un breve paso por los escenarios del país en los años 60, cuando intentó triunfar en Buenos Aires de la mano de su amigo Rubén Juárez. Estuvo a punto de grabar su primer disco en el sello “Odeón”, pero su ceguera le impidió quedarse en la capital. Volvió a su pueblo natal, al que le dedicó canciones esenciales para su imaginario, refundando a Ballesteros en cada milonga, zamba o chacarera
Nunca se sabrá si lo que se cuenta en el pueblo sobre Mario Nicosia pertenece a la realidad o a la ficción; pero sus andanzas son ineludibles en los asados. Como la de aquella noche en que se pidió el tercer vaso de vino en el club y le trajeron coca. Entonces Mario, probándolo casi asqueado, llamó al mozo y le dijo: “Che, Panceta, traeme soda que esto está muy puro”. Del mismo modo en que nadie pudo confirmar ni desmentir esta historia, tampoco nadie pudo confirmar ni desmentir lo que le pasó a Mario tras haber quedado ciego a los 14 años, un hecho que ya forma parte de la “vida y milagros del Mario”. Dicen que al mismo tiempo que le quitaba la vista del presente, un ángel le dio la facultad de mirar hacia el pasado más remoto. Y por eso es que sus canciones “mitológicas” no son producto de su imaginación, sino que vienen de primera mano, de la visión directa de un tercer ojo que le nació aquella tarde en su corazón. Así, del mismo modo en que el Homero “presenció” la guerra de Troya, también es lícito afirmar que Mario Nicosia “vio” la fundación de Ballesteros; que nadie le contó nada sobre aquellos polvorientos malones o sobre Eloy Villarreal, el primer habitante del pueblo; sino que él mismo los conoció de primera mano. Pero así Mario como pudo ver el pasado más remoto, también pudo ver chispazos del futuro. Fue por eso que escribió a principios de los 70 su “Niño de los ranchos”, aquella canción que predecía el golpe militar y que un día le pidieron para grabar “Los Fronterizos”. Aquella canción decía: “Niño de los ranchos deja de esperar/ los tres reyes magos ya no llegarán/ Baltasar ha ido a la Capital/ y Melchor visita algún militar/ Pero no te aflijas que mañana vendrán/ señores y damas de la alta sociedad/ y con un juguete te harán olvidar/ que le están robando a tu padre el pan/”. Pero su metáfora trascendió incluso la dictadura y llegó fresca fresca al tiempo presente, hasta estas demagogias disfrazadas de democracia donde cada vez hay más “niños de los ranchos”, sólo que a esas construcciones ahora las llaman “villas de emergencias” y a esos chicos “niños en situación de pobreza”. 
Por eso, cuando en los asados alguien cuenta “las historias del Mario”, tras reírse con las anécdotas “del Panceta y la coca”, al final no pueden hacer otra cosa que agarrar una guitarra y  cantar sus canciones. Esas zambas y milongas que, como los versos porteños de Borges, le dieron a Ballesteros su fundación mítica. Y nadie se pregunta si las letras de esas canciones son reales o imaginarias, porque en el pueblo todos saben (aunque no lo digan) la historia del ángel que, desde que le pidió la vista, le dio a cambio un buen puñado de visiones. 

Cantando en la oscuridad
-¿Cómo llega la guitarra a tu vida, Mario? 
-Fue cuando tenía 22 años. Yo había renunciado a todo por lo de la vista, pero un día del año 60 conocí en Villa María al maestro Andrés Acheral. Y al ver mi interés por la música, me dice: “¿Y por qué no estudiás guitarra?”. Le dije que no porque me iba a costar mucho. Entonces me preguntó si tenía alguna formación musical. Le contesté que sí, que de muy chico el “Pepe” (Cacciavillani) me había enseñado los fundamentos con el piano y algo de métrica para las canciones. Entonces me dijo que aprender guitarra me iba a ser fácil, que incluso podía ser un entretenimiento y un desafío. A partir de ahí aprendí con él y después me las ingenié para sacar tonos y componer canciones. 

-Y también empezaste con tus alumnos de guitarra, porque medio pueblo pasó por tu casa…
-Sí, di clases como 40 años y me acuerdo de todos los chicos que vinieron, como el “Cueva” Sassi, el “Flaco” Abrate, el “Petete” Capra y el Leandro Fernández, que después armaron “Plataforma Cero”, el primer grupo de rock del pueblo… También recuerdo al “Panchi” Mirgone y al “Pepino” Fernández, que eran fanáticos del folclore…

-¿Y vos, siempre quisiste tocar folclore?
-A mí la música me interesaba en su totalidad, pero en los tiempos que aprendí guitarra fue el “boom” del folclore. Aparecieron un montón de conjuntos nuevos, como “Los Chalchaleros”, “Los Fronterizos”, “Los Cantores del Alba”… Una vez, le di a “Los cantores del alba” mi “Zambita de la Virgen” y la tocaron varias veces… 
-También le diste una zamba al grupo villamariense “Los soñadores”… 
-Sí, ellos me grabaron mi “Zamba nocturnal”. Y una vez, en un festival en Ballesteros Sud, “Los Fronterizos” me pidieron el “Niño de los ranchos”, pero les dije que no. Era a principios de los 70, un tiempo muy jodido y lleno de persecuciones como para andar con canciones de protesta…
Folk-singer en Ballesteros Town

-Contame cómo nace tu carrera como cantautor…
-Nace acá en Ballesteros. La primera formación que integré fueron “Los copleros del ceibal”, con el “Negro” Heredia, el “Pirucho Rodríguez” y el Rolando Bustos. Anduvimos por muchos lados durante todo el año 61, hasta que nos disolvimos y me llamaron de un conjunto de Villa Nueva, “Los Huanchaqueños”. Con ellos, en el 63, hicimos una gira muy grande desde Buenos Aires hasta Santa Cruz. Estaba el Orlando Traversa, que ahora tiene una agencia de viajes. Después el conjunto se desarmó y empecé a cantar con el “Cacho” Quevedo y el Guillermo Mc Cormack…

-¿Y con Rubén Juárez no tocaste nunca?
-¡Claro! Cada vez que venía el Rubén a Ballesteros pasaba por casa y me decía “traete la guitarra que esta noche tocamos”. Y yo lo acompañaba siempre. El Rubén tocaba de todo con el bandoneón. Me acuerdo un día que le dieron un mate y lo agarró con la mano derecha mientras con la izquierda seguía la melodía de “Garota de Ipanema”. Era un virtuoso total. Yo me pude haber ido a Buenos Aires con él, y de hecho me fui una vez…

-¿Y cómo fue esa experiencia?
-Estuve un año entero allá, en el 69. Me acuerdo que tenía unos temas modernos que había hecho para ver si se los podía encajar a grupos nuevos como “Los náufragos”. Pensé en pegarla por el lado del nuevo rock porque para vender un tema de folclore tenías que ser realmente bueno. Era imposible llegar con la cantidad de cantores de primera que habían salido, como César Isella o “Chito” Zeballos. Y ni hablar de los “clásicos”: Falú, el Dúo Salteño, Atahualpa… 

-¿Y al final pudiste grabar en la capital?
-Mirá, un amigo me dio una recomendación para “Odeón”, el sello de “Emi”. Fui, toqué unas canciones y gustaron. Pero me dijeron que antes de grabar necesitaba difusión por la radio y la televisión, que no podían largar un tiraje de discos de la nada. Tuve muchas pruebas a las que no pude asistir porque no me animaba a largarme solo en Buenos Aires. Siempre necesitaba de la compañía de un amigo o de un primo que me llevara a los lugares. Y muchas veces, ellos trabajaban o no podían. Así que fallé a dos o tres citas, pedí si no podía ser a otra hora, pero me dijeron que no. Canté en cantinas de La Boca, en Flores y en Olivos, en la Peña de Hernán Figueroa Reyes, y al final me volví…

-Me hablaste de los grandes cantautores de finales de los 60 ¿Cómo ves el folclore actual?
-No muy bien. Cosquín es un fracaso y si no va “el Chaqueño”, no va nadie. Jesús María se mantiene por la doma y no por la música… Yo creo que el folclore ha perdido la esencia. Alguien como Jorge Rojas, que empezó cantando folclore, ahora es un baladista romántico. O Soledad, que ahora tiene un programa de televisión… Hoy es difícil encontrar poetas como Yupanqui, guitarristas como Jorge Falú, compositores como Andrés Chazarreta… De ahora, me gusta el Dúo Coplanacu… 

-¿Y por qué se ha perdido la esencia del folclore, Mario?
-No sé, pero te puedo decir que ya casi no hay guitarreadas. A veces me invitan los chicos nuevos y voy, pero los únicos que tocamos temas del folclore tradicional somos tres gatos locos de mi edad. Falta recambio…

Poeta naciendo
-Además de compositor de zambas y milongas has escrito poemas, incluso algunos salieron publicados en una antología del pueblo en 2001…
-Sí, tengo poemas sueltos, pero todos en cuartetas o formas sencillas de recordar. Los hice así porque tenía que memorizarlos y luego dictarlos. Años después me regalaron un grabador de casete, que actualmente es mi borrador. Ahí registro mis ideas musicales, pero también mis poemas. 
-¿Y cómo te formaste en literatura?
-Gracias a los “libros parlantes” que mandaba Bienestar Social. En esos casetes escuché “Cien años de soledad” y “El otoño del patriarca”, de García Márquez; el “Hombre de la esquina rosada” y varios poemas de Borges; cuentos de Edgar Allan Poe y de Horacio Quiroga, obras de Manuel Mujica Láinez y “El viejo y el mar”, de Hemingway. Pero lo que más me ayuda en literatura son las reuniones con la Marilyn (Mc Cormack), que es una lectora tremenda y sabe muchísimo. Ella siempre me lee y después comentamos con ella, con su hermana Mecha y su esposo Rolando, grandísimos lectores también…
-Sos una celebridad en el pueblo, Mario, un tipo muy querido y lleno de amigos… ¿Qué significa Ballesteros para vos?
-Es el lugar donde nací, el lugar donde me eduqué, el lugar donde tuve mi familia y mis amigos… Y gracias a Dios, en todas mis andanzas he visto por los ojos de ellos, de mis amigos…
Y entonces al final de la nota, Mario se acuerda a pedido mío del último Ballesteros que guarda en su retina; el Ballesteros del año 52. Aquel pueblo de anchas calles de tierra y grandes árboles. Aquel pueblo de luto por la muerte de Evita con sus dos nuevos clubes (Talleres y Tiro) jugando el clásico. Aquel pueblo del salvaje Pozanjón y el despeinado Fachinal; de la mítica “Isleta” y la inmensa “Calle de la Legua”. Pero también el pueblo de las nuevas bellezas en flor, de las cuales Mario recuerda muy especialmente a “Tití” Mendina, “una chica de 12 años que era un poema”. Y cuando a modo de despedida Mario toca en la viola “La esquina de Ballesteros”, noto que una electricidad absolutamente nueva corre por su voz y la boca de mi estómago. Y me doy cuenta de que el hombre ha hundido una vez más su memoria en un tiempo que no es parte de la historia, sino de la mitología. Porque esa también es la patria de Mario Nicosia, esa lejana eternidad cuya ciudadanía pagó con la luz de sus ojos y la devolvió a su Ballesteros en un fabuloso puñado de canciones.
Iván Wielikosielek

La esquina de Ballesteros (milonga)
Señores, soy del sudeste
del sudeste cordobés
donde se guarda un pasado
de malones en tropel.
La esquina de Ballesteros
usted la puede encontrar
junto a la huella olvidada
del viejo Camino Real.
Mi canto es un homenaje
al rudo pasado aquel
cuando a Celso Caballero
lo arrió la indiada ranquel.
Con rumbo hacia las Tres Cruces
se alejaba el tropelón
y mismo hasta Fraile Muerto
llegó arrasando el malón.
Pero hoy la inmensa llanura
donde reinó el pajonal
se engalana con trigales
y el verde del alfalfar.
Gringos y criollos unidos
en un sueño labrador
abrazaron la esperanza
para un mañana mejor.
Lindo es oír en la aurora
algún güachito balar
y allí, juntito al molino
los horneritos cantar.
Balde, farol y manea
y el banquito pa’ ordeñar,
elementos del tambero
se observan en un corral.
La esquina de Ballesteros
usted la puede encontrar 
junto a la huella olvidada 
del viejo Camino Real.
Letra y música: Mario Nicosia


domingo, 7 de septiembre de 2014

Treinta años sin “Pepe”, el poeta mayor de Ballesteros


“Pepe” leyendo un poema durante la inauguració́n del monumento a la Madre de Ballesteros, en 1960
Fue el primer escritor, poeta, historiador y periodista del pueblo. Suyos son los libros “Rumor del río”, “Canto a la Pampa”, “Mamarracho” y la primera “Historia de Ballesteros”. Fue fundador del periódico “La Linterna”, que publicó de 1960 a 1983, y un eximio pianista. Falleció en forma repentina el 13 de septiembre del 84 en Mina Clavero, donde había sido trasladado por trabajo. Sólo tenía 59 años. Habla su hija Cecilia, docente de Letras y guardiana ejemplar de sus papeles.
 
Lo recuerdo (si es que el recuerdo de un chico de 10 años tiene algún valor documental) con un guardapolvo gris de la Unión Telefónica, los zapatos inmensos y deslustrados, el pelo arrepollado en las orejas y una mirada azul de hombre-gato. Con más aspecto de maestro pobre o de actor de circo que de empleado de ENTEL. Justamente él, que tanto escribiría sobre la vida cruel de los payasos. Justamente él, que sin cobrar en su vida un solo centavo había sido maestro de tantos artistas jóvenes. Y así, con ese guardapolvo desteñido por los días de la vida, “Pepe” Cacciavillani iba y venía por el pueblo saludando a todo el mundo. Si por esos tiempos hubiera pasado un extranjero que nada sabía de “la vida y milagros de Ballesteros”, “Pepe” le habría parecido un “gringo bueno” y nada más. Ese extranjero no se hubiese imaginado jamás que estaba ante al mayor poeta del lugar. Y no hablo sólamente de un poeta de principios de los ´80, sino de todos los tiempos, ya que José Ernesto Cacciavillani ha sido, sin dudas, el primer autor total (y acaso el único) que haya dado mi pueblo en su historia. Porque lo que escribe un poeta auténtico, por más desapercibido que pase en su tiempo, se resignifica en el futuro. Y tal vez por eso es que su “Historia de Ballesteros”, más que un libro de historia hoy se ha vuelto documento literario de una actualidad demoledora. Y tal vez por eso es que su “Mamarracho” (ese “juguete rabioso” escrito en clave martinfierrista ambientado en la Pampa Gringa) ha devenido en fascinante tratado de lo que significa abrazar el mettier de escritor por estos lares. Y si no, leeamos las estrofas 206, 207 y 209 de esa epopeya pueblerina en verso: “Nadie es profeta en su tierra/ mas yo no lo fui en ninguna;/ no fui estrella, no fui astro,/ no fui el sol ni la luna;/ un gringo de hosco apellido/ y, a más, de lírica cuna/ jamás tiene la fortuna/ de medrar en el país.//Y al decir país no digo/ la Patria, sino la zona:/ donde las vacas prosperan/ se desmedra la persona;/ para el arte no hay mecenas/ bajo esta chata corona :/ el rey peso no se dona/ en sueños o en ilusión// Aquí se mide a la gente/ por su solvencia en el banco;/ lo demás es pura mímica,/ sonrisas de andar en zanco;/ tal vez te sobren amigos/ en tu medio y en tu estanco/ pero ¡guarda! que de flanco/ pueden darte el golpe vil”.
Y ha de ser a causa de la actualidad demoledora de su verbo que las palabras de “Pepe” siguen retumbando tan vivas en mi cabeza de niño. “¿Cómo te va, querido mío?”, me decía cada vez que me cruzaba en alguna esquina del pueblo. Y entonces me acariciaba la cabeza con un afecto absolutamente inédito para mí; un afecto casi inexplicable. Y es que, analizándolo bien, no había razones para que él fuera tan bueno conmigo. No éramos parientes. Su familia no era amiga de lo poco que quedaba de la mía. Y yo no era amigo de sus hijos. De hecho, Cecilia y José, que tenían mi edad, vivían a dos cuadras de mi casa al oeste de la única avenida y eso en el pueblo implicaba dos leguas. Por si fuera poco, íbamos a turnos diferentes a la escuela y eso equivalía a dos colegios distintos. Tampoco yo participaba del coro de la iglesia ni sabía música. Incluso, había dejado de ir a misa, donde él tenía la misma importancia que el cura. Quizás mi ausencia en el templo se debía a que, por esos tiempos, me daba vergüenza entrar a “la casa de Dios” con un montón de ideas horribles debido, supongo, a cierta soledad y ciertas películas. Pero cada vez que lo cruzaba a “Pepe” por el pueblo, algo cambiaba para mí. Era como si aquel hombre me hiciera acordar que en el fondo yo era “un buen chico” y no un criminal en potencia. ¿De dónde le venía a ese hombre su cariño desmedido por aquel chico despeinado? ¿O es que trataba a todos los chicos por igual y yo me sentía “especial” debido a mi desolada situación? ¿Se trataba, una vez más, de un error de mi percepción que confundía el amor con la lástima, la misericordia con la limosna, la caridad con la dádiva? Dejo un espacio en blanco a estas preguntas y vuelvo al “Pepe” escritor y al “Pepe” hombre. Y entonces me digo que con su guardapolvo desteñido y su birome en mano, José Ernesto Cacciavillani era como un Henry Miller al sur del universo. Sólo que la “Compañía Cosmodemónica” había sido remplazada por la Unión Telefónica, las rubias fatales de “Trópico de Cáncer” por la señorita Esther Gallardo enchufando cables en un tablero de la segunda guerra para comunicar a Ballesteros con el mundo y el puente de Brooklyn por el de Ballesteros Sud. Pero la metáfora humana y literaria era la misma. Un hombre de guardapolvo que tiene que mantener a su familia, pero que no obstante ha hecho de la literatura la razón de su vida. Y por eso va feliz. Porque no deja de escribir en blocks de telefonía y papeles usados. Porque hace méritos cada día para multiplicar la luz que hay en él. Porque todo el tiempo baraja proyectos de libros por escribir, diarios por editar, historias de su pueblo por recopilar. Y, sobre todo, porque no para de inventar excusas para ayudar a los demás. Pero mientras tanto y por más que viva en los suburbios del imperio occidental, “Pepe” Cacciavillani no dejará de ser jamás un “ciudadano del mundo literario”. Sólo que a diferencia de Henry Miller, que vivía fascinado por el judaísmo, por Dostoievsky y por Shakespeare, “Pepe” era profundamente cristiano y había cambiado “Crimen y castigo” por el “Martín Fierro”, el Viejo Testamento por el Nuevo y Hamlet por el Quijote. Y, por cierto, había nacido más abajo que el autor de “Trópico de Cáncer”, justo en el trópico de Capricornio, en una localidad donde Dios le había encomendado una misión prometeica: ser el primer escritor del lugar. Y esto quería decir darle a los hombres y mujeres de su comunidad ese fuego sagrado llamado literatura que no deja de arder en palabras. Ese testamento que, una vez leído, se vuelve primer mandamiento: serás luminoso para los demás. Y a todo esto, “Pepe” lo cumplió con la responsabilidad de un apóstol.
 
Cecilia o el invierno después de sus quince primaveras 
Cecilia Cacciavillani es licenciada en Letras y dicta la cátedra de Literatura Argentina en el Profesorado de Las Rosarinas. ¿Coincidencia? Claro que no. Las coincidencias no existen en el “Universo ‘Pepe’” porque eso que los demás llaman azar, para él y sus hijos no es más que voluntad divina. 
“Cuando cumplí los seis años, mi papá me hizo un regalo fabuloso. Me trajo una caja grande llena de libros de la colección Billiken. Se ve que los había mandado a pedir a Buenos Aires y yo quedé fascinada. Iba a primer grado, pero ya sabía leer porque en casa siempre hubo libros. Desde ese día, supe que ese sería mi destino”.
-Del mismo modo que tu viejo supo que sería escritor...
-Sí, pero su caso fue más curioso todavía, porque su mamá quería que él fuera cura. Los Amicarelli eran una familia muy religiosa del pueblo; casi mística. Y parece que a mi papá le quedó un sentimiento muy amargo cuando a los 13 años lo dejaron en el seminario Nuestra Señora de Loretto de Córdoba y se cerraron las puertas. Ahí hizo todo el secundario y conoció a dos futuros obispos de Villa María, Rubiolo y Dissandro. Cuando a los 20 años tuvo que hacer el seminario mayor, no aguantó más y se volvió al pueblo. Ahí se dio cuenta de que esa no era su vocación, que quería ser músico y poeta. 
-¿A la música y a la literatura las había aprendido en el seminario?
-A la literatura sí, pero a la música se la había enseñado mi abuela, que, además de rezar, también tocaba el piano. Cuando mi papá volvió al pueblo, cursó unos años en el Conservatorio Beethoven, de Bell Ville, aunque ya tocaba muy mucho. Fueron los únicos estudios formales de toda su vida.
-Digamos que “Pepe” no era un tipo estructurado...
-¡Para nada! Era un bohemio total. Al punto que en nuestra casa del pueblo teníamos un cuartito al fondo del patio y él se había armado un estudio donde se pasaba horas. Ahí tocaba el órgano, escribía a máquina, leía y componía. Me acuerdo que apenas terminaba una canción la llamaba a mi mamá para ensayarla. A veces lo íbamos a “visitar” con mi hermano a la hora de la siesta y cuando nos veía, dejaba lo que estaba haciendo y se ponía a jugar con nosotros. 
-¿Era tan cariñoso con sus hijos como con los chicos del pueblo?
-Era súper cariñoso y era un padre muy presente. Como él hacía mucho el turno noche, estaba todo el día a disposición. Y a la tarde nos llevaba a la plantación de eucaliptus cerca de los silos y nos hacía vivir en un mundo de hadas y fantasía. Y, por cierto, nos leía cosas todo el tiempo. En casa nunca hubo tele porque él no la quiso comprar jamás. Prefería que leyéramos.
-En los años 60 había sólo tres artistas en Ballesteros: el cantautor Mario Nicossía, la pintora Sara Savio y tu papá. Sin embargo, “Pepe” era el referente de la cultura...
-Debe ser porque siempre quiso hacer arte, pero no por ego sino para hacer sentir bien a los demás. Tampoco se quiso ir nunca de Ballesteros. Pero igual tenía muchos contactos. Se escribía con gente de todos lados y a mi casa venían desde músicos y escritores hasta actores. Recuerdo particularmente a mi tía, la poeta Tessie Ricci, que viajaba periódicamente con un grupo de poetas jóvenes de Villa María para charlar con él. Tessie repetía una frase que mi papá siempre decía: “Antes de ponerse a escribir, por favor, lean la Biblia, el Quijote y el Martín Fierro. Después, escriban lo que quieran”.
-¿“Pepe” se sentía más poeta o más músico? 
-El no decía nada, sólo hacía cosas. Cuando se ponía con una canción, por ejemplo, se encerraba hasta terminarla y después la escribía en el pentagrama. Escribía música como si escribiera una carta. Y con la poesía le pasaba algo parecido. Me acuerdo que reescribió el comienzo de “Mamarracho” como 100 veces. Cuando terminó ese libro, en el año 79, le dijo a mi mamá que si le pasaba algo, le gustaría que “Mamarracho” saliera publicado. Y así fue, lo publicaron en el 86 y lo presentaron en el Salón Parroquial del pueblo porque mi papá murió en Mina Clavero, a los cinco años de haberlo terminado. Al libro lo presentó Tessie Ricci, que murió dos años después. Y yo me acuerdo que leí algunos versos.
-¿Cómo es que, viviendo siempre en Ballesteros, tu viejo se fue a las sierras?
-Porque le salió el traslado. En Ballesteros mi papá era empleado y no era lo mismo jubilarse en esa condición, que siendo jefe. Como en Mina Clavero le salió el puesto de jefe, se fue. Allá estuvo cuatro o cinco meses y se murió charlando con un amigo en la vereda, porque él se hacía amigos enseguida. Parece que de bien que estaba, cayó fulminado de un infarto. No llegó vivo ni al hospital. Yo lo había visto dos semanas antes.
-¿Y te acordás de qué hablaron?
-¡Claro! Habíamos hablado de mi cumpleaños de 15, que era a fines de septiembre. Yo no quería que me hicieran fiesta, pero él me decía “sí, hija, hagamos fiesta”. Para mí fue muy duro cumplir años sin él. También lo fue para mi mamá, que se quedó como sin fuerzas. A partir de entonces hubo un corte con Ballesteros porque todo el mundo la buscaba a ella para hacer el duelo por “Pepe”. Y por eso nos vinimos a Villa María, porque eso la había dejado mal. Además, yo estudiaba en las Rosarinas y mi hermano en la Escuela del Trabajo. Así que todo cerraba.
-¿Y desde entonces ya no volviste al pueblo?
-Sólo al cementerio o a ver a mis tías. También para la muerte de mi mamá. Pero hace dos años, mi prima Alicia Giordanino, que daba un taller literario, trabajó “Mamarracho” con sus alumnos. Y me invitó a que charlara con ellos. Fui y me encantó hablar con gente que leía a “Pepe”. Pero nunca más volví a caminar por las calles. De hecho, no lo he podido hacer desde que mi papá no está. Yo era muy pegota a él y no me puedo imaginar andando sola en Ballesteros sin estar agarrada de su mano.
 
Tras estas palabras, se hace un silencio en la casa de “Ceci”. El reloj de pared marca las 5 y ella tiene que salir a dar clases. Sin que digamos nada, los dos entendemos que el reportaje ha terminado y que, acaso, sea lo mejor. De lo contrario, más que hablar de “Pepe” vamos a empezar a hablar de la fugacidad de la existencia, del sinsentido o aparente sinsentido de la vida, de la precariedad del animal humano que envasa un alma acaso inmortal. Son todas conjeturas que esbozamos con los gestos mientras copio apresurado las fotos desparramadas en la mesa, entre los manuscritos de “Pepe” y las tapas de sus libros. 
Sin embargo, antes de despedirnos en la puerta, me queda una última pregunta por hacer. Y le pido disculpas a “Ceci” y también a los lectores que han tenido la paciencia de llegar hasta aquí porque esa pregunta me involucra directamente a mí. “Tu papá siempre era muy cariñoso conmigo, ‘Ceci’, ¿era una impresión mía o realmente era así?”. Y la hija del poeta mayor de Ballesteros, con una sonrisa dulce y comprensiva, me la responde. “No, no era una impresión tuya. No te lo iba a decir, pero ahora que lo preguntás, no me queda más remedio. Mi papá siempre nos decía a José y a mí que “si alguna vez el Iván les pide jugar con ustedes, acéptenlo; porque ese chico está muy solo. Es un chico muy bueno, pero no ha quedado bien desde que su padre se fue. Así que nunca le digan que no”.
Por esas palabras que atravesaron el tiempo como un mensaje de alguna telefonía celestial, por ese cariño desmedido hacia un chico solitario y despeinado del pueblo, una vez más y en nombre de todos los chicos solitarios y despeinados de todos los pueblos, gracias totales, “Pepe” querido. Gracias por esa caricia como una bendición sobre el lomo polvoriento de este artista cachorro.
Iván Wielikosielek

lunes, 18 de agosto de 2014

Diosas gemelas de la ciudad y del pueblo

En Ballesteros


La misma estatua y dos presentes distintos                                                                             



En la esquina de Yrigoyen y Entre Ríos, en Villa María, se levanta la estatua de una diosa romana, con un ramo de rosas cubriendo el pubis con recato. Y bien, muy a pesar del erotismo que emana de esa escultura, muy pocos paseantes de la ciudad la tienen en cuenta.



Escribe: Iván Wielikosielek           

No hay que ser experto en arte para entender que las flores representan la primavera de su sexo mientras que la túnica es símbolo de un pudor virginal digno de Diana. La talla guarda el tamaño de una chica joven y evoca la antigüedad clásica, o mejor dicho el “concepto de belleza” que se tenía en la antigüedad clásica, esa fuerza femenina tan pagana como divina.

Más de una vez se la he mencionado a villamarienses de toda la vida y ninguno había reparado en ella. Tuve que explicar detalladamente su emplazamiento para que al rato me dijeran: “¡Ah!… ¡La estatua del cantero!”. Sí, claro. Pero yo no podía creer (sobre todo viniendo de los muchachos) que vieran un cantero antes que una mujer desnuda.

En el afán de explicarme por qué esa estatua era casi invisible para los demás y tan importante para mí, llegué a dos conclusiones. La primera; que estaba emplazada en el lugar equivocado como lo es una esquina de paso. La segunda; que si esa estatua era tan visible para mí, se debía a que en mi pueblo hay una idéntica. Y yo crecí jugando a su alrededor.

En Ballesteros

A diferencia de su gemela villamariense, la estatua de Ballesteros se levanta en un espacio verde, el que divide el boulevard Roque Sáenz Peña en dos mitades, casi como un pasillo francés al aire libre. Y en ese pasillo francés hay un grupo escultórico de cuatro piezas alargándose de este a oeste. El paseo, según me informaron, fue inaugurado durante la intendencia del doctor Laffourcade allá por los años ´30. Y de este modo, el gobernante homenajeaba la patria de sus abuelos, importando el concepto artístico de sus jardines al naciente Ballesteros. Como si trajera un pedacito de Versalles a una calle perdida en la Pampa Gringa.

Esa estatua de Ballesteros fue “la primera mujer desnuda” que vi en mi vida. Y pasé tardes enteras abrazándola, intentando en vano llegar hasta sus senos. Pero era inútil; mi cabeza apenas si alcanzaba la altura del pubis con rosas. Y yo me hundía en aquel ramo tratando de aspirar un perfume que sólo debían tener las diosas. Efectivamente creía percibirlo tras los días de lluvia, cuando mi enamorada despedía un aroma a musgo de cementerio.

“La fragancia de la eternidad”, me decía yo; que por ese entonces creía que esa mujer de piedra era única en el universo, que tenía la facultad de mirarme y también de oírme. Y estaba seguro que un dios infinitamente misericordioso la había puesto frente a mi casa para que yo entendiera de pequeño el valor eterno de la belleza, esa que me era sistemáticamente negada por mis compañeritas de primario. Por eso, cuando fui adolescente y vine a la escuela a esta ciudad, tuve un sobresalto la tarde en que vi “su doble” en la esquina de Yrigoyen y Entre Ríos. Se trataba de una mujer de un blanco inmaculado pero a diferencia de mi novia derruida, esta no me conocía en absoluto.

Diosa de mi corazón

Cuando estudiaba en Córdoba, conocí a dos gemelas. Una (la que a mí me gustaba) se casó muy joven y dejó un tendal de pretendientes, entre los que lamentablemente me contaba yo. Hace pocos días la vi. Y a pesar de los años y los hijos, no había perdido nada de su hermosura. Su hermana en cambio, se quedó vistiendo santos. Y aunque me han dicho que ambas siguen siendo “dos gotas de agua”, es evidente que una de ellas no emite amor.

Algo parecido me pasó con estas dos estatuas. Hijas de un mismo padre escultor, una fue puesta en el corazón de un pueblo tranquilo para estar rodeada de niños y ser amada, mientras que la otra fue clavada en una esquina de paso en una ciudad creciente, condenada a pasar desapercibida a pesar de su púdica desnudez.

Por más que mi diosa de pueblo siga despintada, su belleza original sigue intacta. Sus ojos me reconocen cada vez que llego a mi vieja casa y sé que me escucha cuando le digo: “Hola, Diana querida, diosa absoluta de este corazón que nunca se fue de tu lado ni del pueblo”.